Martes 12 de Abril de 2005
Querer es deber
(Aparecido en el pasquín del Centro de Estudiantes de Psicología UC)
Era en aquellos tiernos días de nuestra infancia, cuando nuestras escuálidas o abultadas carnes eran testimonio inefable de los mismos adjetivos aplicados a las rentas de nuestros padres. En ese entonces, ante nuestra desesperada negativa a hacer algo porque “no puedo” (en mi caso, habitualmente en Educación Física), una linda parvularia –igualita a las que se forman a un centenar de metros de mi escuela–, nos decía “querer es poder”. Era el casi como el “sana-sana” materno: todo se solucionaba y uno volvía a intentarlo a ver si transformaba la sempiterna sonrisa de aquella pseudomadre en una sonrisa genuina.
Con el tiempo, la “tía” fue dando paso a “profes”, “señoras” o, derechamente, “viejas”. Al mismo tiempo, nuestras madres fueron dando paso, por que no les quedaba otra, al tiempo. El discurso de bienvenida en primero medio necesariamente incluía la referencia a “ahora vale para la prueba de aptitud”. Y el tiempo seguía pasando.
Resultó que, mientras pasaban estos cuatro años, mi promedio de notas se mantuvo dentro de los buenos, y en especial el de matemáticas. No recuerdo precisamente cuándo, pero durante este tiempo el cariñoso “querer es poder” se transformó en un tiránico “poder es deber”: yo debía estudiar Ingeniería.
Y así fue. Nunca me pregunté si en realidad mi habilidad matemática apuntaba más a otra profesión, si tal vez sería mejor en una carrera técnica y menos se me pasó por la cabeza que los talentos no son estáticos. Nunca pensé que la universidad fuera una posibilidad entre otras, sino que era la alternativa a la nada.
Han pasado seis años. En mi familia la historia se repite con mi hermana chica. Yo estoy aquí, a cuestión de meses de irme de esta universidad para siempre, escribiendo para un pasquín de una escuela que no es la mía (a la que le agradezco los mejores cursos), pensando que lo mío es enseñar. Sobre todo enseñar que los caminos son miles y que, como de algún modo lo sabía Winston en “1984″, la esperanza del país no es exclusiva de los universitarios.


