Viernes 15 de Abril de 2005

Sardinas

Hoy tuve un codo apoyado en una vértebra, un brazo pasado por encima de mi hombro y otro bajo mi antebrazo, dos cuasi-caídas sobre una señora inocente, un niño asomado a mi bolsillo derecho, y la poco confortable sensación de no sentirme dueño de mi cuerpo. Todo durante eternos 15 minutos.

Hace 15 años que viajo en Metro… recuerdo que pasaba largos ratos aprendiéndome de memoria las estaciones de el par de líneas que antes teníamos. Tantos sueños nacieron ahí… tantos, que muchas veces desperté en la estación de la U. de Chile, una después de la que debía. A veces veía la luz incluso más lejos.

Tanto vagar mental nunca produjo nada más que un par de conocimientos patéticamente prácticos1. Hoy, sin embargo, si tengo algo qué decir: ¿por qué cresta aquellos que no tienen ninguna posibilidad de escoger su horario (porque trabajan o estudian), reciben el peor servicio y deben pagar más que los demás?

No me vengan con la panacea de la economía de mercado; éste es un contraejemplo evidente y cotidiano.

1Los entrego al mundo: en la línea 1 se demora 1:15 minutos entre dos estaciones consecutivas y en la línea 5, 1:30 minutos. Ejemplo: entre Las Rejas y Baquedano hay 12 x 1:15 = 15 minutos, y entre Baquedano y San Joaquín hay 8 x 1:30 = 12 minutos.


Miércoles 13 de Abril de 2005

Mirando!

- Padre, me confieso: el viernes fui a la Blondie.
- Mmm, continúa hijo.
- Fui por mi voluntad, con mi plata y con la intención de ver a Miranda.
- Ándate a la cresta, hijo.

Hace unas semanas pillé el video de “Yo te diré” en el MTV y casi apago la tele. Pero el gusto quedó; incluso las despiadadas teles del Metro me lo enrostraban cuando podían. Y terminé bajando la canción, el disco y luego el otro disco.

En mi retorcida mente synthpopera, equiparo a Miranda con Erasure.

“¡¿Y acaso Erasure”, dirán airados algunos, “es bueno?!”.

Para mí, sí. Duran Duran, Depeche Mode, New Order, Pet Shop Boys, y otras rarezas y joyitas ochenteras que regularmente me presenta mi hermano son parte de mi colección musical. La culpa es de él.

¿Y la Blondie? Por $5.500 obtuve:

  1. La gratificante sonrisa en la cara de la Gaby y en la mía cada vez que ponían una nueva canción para bailar. “Esto es música”, decía ella.
  2. El agrado de escuchar “disculpa” o “perdón” cuando me pasaban a llevar. Y como parte del combo, me traje un incrementado resentimiento contra los antros más cercanos a la cordillera.

Martes 12 de Abril de 2005

Querer es deber

(Aparecido en el pasquín del Centro de Estudiantes de Psicología UC)

Era en aquellos tiernos días de nuestra infancia, cuando nuestras escuálidas o abultadas carnes eran testimonio inefable de los mismos adjetivos aplicados a las rentas de nuestros padres. En ese entonces, ante nuestra desesperada negativa a hacer algo porque “no puedo” (en mi caso, habitualmente en Educación Física), una linda parvularia ­­–igualita a las que se forman a un centenar de metros de mi escuela–, nos decía “querer es poder”. Era el casi como el “sana-sana” materno: todo se solucionaba y uno volvía a intentarlo a ver si transformaba la sempiterna sonrisa de aquella pseudomadre en una sonrisa genuina.

Con el tiempo, la “tía” fue dando paso a “profes”, “señoras” o, derechamente, “viejas”. Al mismo tiempo, nuestras madres fueron dando paso, por que no les quedaba otra, al tiempo. El discurso de bienvenida en primero medio necesariamente incluía la referencia a “ahora vale para la prueba de aptitud”. Y el tiempo seguía pasando.

Resultó que, mientras pasaban estos cuatro años, mi promedio de notas se mantuvo dentro de los buenos, y en especial el de matemáticas. No recuerdo precisamente cuándo, pero durante este tiempo el cariñoso “querer es poder” se transformó en un tiránico “poder es deber”: yo debía estudiar Ingeniería.

Y así fue. Nunca me pregunté si en realidad mi habilidad matemática apuntaba más a otra profesión, si tal vez sería mejor en una carrera técnica y menos se me pasó por la cabeza que los talentos no son estáticos. Nunca pensé que la universidad fuera una posibilidad entre otras, sino que era la alternativa a la nada.

Han pasado seis años. En mi familia la historia se repite con mi hermana chica. Yo estoy aquí, a cuestión de meses de irme de esta universidad para siempre, escribiendo para un pasquín de una escuela que no es la mía (a la que le agradezco los mejores cursos), pensando que lo mío es enseñar. Sobre todo enseñar que los caminos son miles y que, como de algún modo lo sabía Winston en “1984″, la esperanza del país no es exclusiva de los universitarios.


Martes 12 de Abril de 2005

Bola, ¿qué tal?

Reconozco mis defectos. Está bien, en realidad no lo hago; pero hoy sí. Usaré tiempo que me sobra y bytes de un disco duro desconocido para registrar mi vil obra. No pienso justificarme más ni dar pena.

Por cierto: ya se verá más bonita esta cuestión.