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Es tiempo

Jueves, Junio 1st, 2006

Faltan 136 días. El 14 de octubre iniciaremos juntos una nueva vida. No sabemos qué viene después; enfrentamos el futuro con más dudas que certezas, pero fieles al criterio de calidad por sobre cantidad, contamos con la certeza más importante: la de sabernos compañeros de una aventura que durará el resto de nuestras vidas, y saber que las piedras, si bien nos harán caer, harán del nuestro un camino mucho más pleno. Podemos, pero no queremos, esperar la tan ansiada estabilidad, eufemismo de la vida a costa de los padres cuando ya no corresponde.

Van 93 días. Hoy por hoy, probablemente, me enojo más veces a la semana, discuto con más personas y también me callo más rabias que antes. Lo tomo como algo positivo: es síntoma de que estoy haciendo algo que me importa. Siento que mi quehacer diario es más trascendente que la mayoría de las cosas que hice durante 6 años y medio en la universidad, aunque no reniego de la experiencia y menos de las personas importantes que me han acompañado y hoy lo siguen haciendo. Ahora soy “el profe”, “el tío Puma” (patudos los de segundo medio), o “el Pumarino” para otros, y si bien me enojo más veces al día, también me siento más vivo cada segundo.

37 años sin paro en la Católica, 6 de los cuales estuve en ella, pensando que nunca acabarían, que la universidad sería siempre una ostra feliz con su perla. Hoy mi hermana tiene el honor (postea, carajo) de presenciarlo y de vivirlo con todo lo que ello implica.

16 años con una ley de enseñanza que quedó como la última herencia de nuestros padres políticos, fechada el 8 de marzo de 1990. Dieciséis años de ignorar los problemas y sus manifestaciones, presentando como solución única un eficientismo que parece apoderarse de cada faceta de la vida. Hoy se me regala la oportunidad de ser testigo y actor de una instancia que se proyecta como única: jóvenes de todos los estratos que dejan el ya clásico “no estar ni ahí”, que se olvidan por un rato de Alemania 2006, y son capaces de reconocerse como cuerpo. Cuerpo aún inmaduro, sin duda, pero en ese sentido tan inmaduro como los adultos o casi-adultos que somos sus padres o formadores (la dictadura y sus aliados hicieron bien su pega de transformarnos en meros individuos). Siento por ello la responsabilidad de ayudarlos a crecer y de cuidarlos de los infaltables aprovechadores, motivarlos a que se informen y presionen de manera legítima. Es una revolución con celular en el bolsillo, piercings en la cara y al ritmo del reggeatón (no Nueva Canción Chilena ni Los Prisioneros), pero aún así estoy con ellos.

Y, al contarte que di mi apoyo total a los chiquillos del colegio, la felicidad y las lágrimas-no-declaradas cuando me dices “ten cuidado que no te quiero ir a buscar donde los pacos… pero aún así lo haría orgullosa“. Sólo 136 días para el infinito.