Lunes 20 de Diciembre de 2010

Mis 80

En la micro, ir de pie o sentado en las faldas de mi mamá.

Navegar en la casa matriz del Banco del Estado.

Aprenderme los íconos de las estaciones del metro. Darme cuenta que los trenes no se arrastraban, sino que tenían ruedas, y bien grandes.

Creer que la canción decía “ya viene la puerta, la voz de los ochenta”.

Jugar en la casa con los autitos Matchbox o con los Tente.

Jugar en el patio con las piedras, las hormigas, la buganvilia (¿bugambilia?) o andar en bicicleta en un estacionamiento descomunal con un parrón encima.

Creer que “parrón” y “estacionamiento” eran sinónimos.

Los domingos, caminar a la misa en Pedro de Valdivia con Bilbao, donde hacía como que cantaba, moviendo los labios. Al salir, comer barquillos y volver a ver al profesor Rossa antes del almuerzo.

Aprender a leer, escribir y sumar con las tareas que me dejaba la Caro.

Recibir a mi papá de vuelta de Canadá. No sé cuántos viajes fueron. Me trajo un Meccano, un juego de electrónica, un kit para armar una radio y un jeep blanco a control remoto.

Todas las noches comer en familia, menos el domingo, cuando tocaba un sándwich en la pieza, quizás viendo el Japenning.

Visitar a la Lucía, la mamá de mi mamá, en su casa de reposo; ella acostada jugábamos con una almohada y veíamos tele, la única que yo conocía que tenía control remoto

Jugar Donkey Kong, Montezuma, Tennis, Bruce Lee y Pole Position, a veces ver los juegos nuevos que traía Felipe del colegio.

Ver el Festival de los Robots, Grand Prix, la ballena Josefina y hartos más.

Ir de vez en cuando a comprar huevos en Los Leones.

Perder una tortuga para siempre en el patio.

Jugar con un tren eléctrico, ir con mi abuelo a una galería en el centro a ver más cosas de trenes.

Tener peste cristal, romperme una de las cuestiones en mi muñeca con la bandeja del almuerzo.

Compartir la pieza con Felipe. Manchar su silla con tinta china o témpera y no confesarlo hasta mucho después.

Ver con la Caro el show de Benny Hill los viernes en el 11… sólo recuerdo gente corriendo y la música.

Entrar a kinder, ahí hacer algunas cosas con plasticina y dibujar unas líneas para que Pepito anduviese sin salirse del camino.

Durante los recreos, los hits: hacer rodar unos neumáticos o jugar en un pozo de arena.

Enterarme, creo que en la casa de mi abuela, que mi hermano con el que supuestamente jugaría fútbol en realidad había sido una hermanita, la Javi. Mecerle la cuna y quererla mucho.

No saber mucho de las elecciones, salvo que en la primera el viejo debía perder y en la segunda el viejo debía ganar.

Los veranos viajar a Los Ángeles. Ahí, aprender a jugar carioca y a nadar a lo perrito con un chaleco salvavidas en un río.

Pelear con mi prima un verano en Victoria: ella con la chapita del Sí, yo con la del No, en una casa que tenía un baño con dos entradas y unas escaleras muy raras. Después del reto, no pelear más.

Viajar solo a pasar las vacaciones del 90 con mis primos… a la vuelta, cambiarnos de casa.


Jueves 9 de Diciembre de 2010

El año del pumita

Tomi:

Hace poco más de un año, nos arrancamos un fin de semana con la mamá a comer, descansar, prepararnos… y sobre todo a imaginar cómo iba a ser tenerte pronto con nosotros. Allá, durante las noches, empecé a escribirte una carta. Algunos meses más tarde, durante alguna de las infructuosas noches en que intentaba terminar mi memoria de la universidad, intenté continuar, pero no pude. Hoy, cuando cumples un año, te tengo por fin este regalo.

Creo que me costó tanto escribirte porque se me ocurrían un millón de cosas para contarte; después de un año me he dado cuenta que en realidad lo que quiero decirte puede salir en menos palabras y con más sentido.

Quiero que seas un niño feliz. Quiero que aprendas a divertirte con los demás y que también descubras el mundo gigante que llevas dentro; quiero que encuentres cosas entretenidas en todas partes y que seas muy curioso.

Quiero que aprendas a ser libre, pero siempre respetando mucho a los que te rodean. Quiero que entiendas que la libertad es un derecho que debemos defender, pero también un regalo que hay que saber usar.

Quiero que seas mejor que yo. No que tengas más plata ni más cosas, sino que te cueste menos disfrutar, que sepas descubrir las riquezas escondidas y te resulte más fácil que a mí hacer el bien a los demás.

Hoy pareciera que los papás educamos hasta los 2 años y se acabó: eligiendo un jardín y después un colegio bien evaluado todo pareciera estar solucionado. Uno de tus tíos más tarde podrá contarte cómo lo han hueveado porque quiere vivir en el sur de Chile, casi considerándolo irresponsable porque los colegios de allá serían peores. Con la mamá no somos así: creemos que lo más importante viene desde tu familia, porque así nos tocó vivirlo. Tenemos una idea de donde nos gustarías que estudies, pero no nos desvelamos: sabemos que tu experiencia, sea donde sea, dependerá más de ti y de nosotros que de los puntajes y las evaluaciones.

Me sorprendes día a día con las cosas que vas aprendiendo; de verdad me has enseñado a ser mejor, a dejarme maravillar nuevamente por esos milagros que pasan inadvertidos y abandonar (en parte, al menos) mi característico orgullo, mi habitual decir “yo me la puedo solo”, cuando sé que nunca ha sido así.

Tanto como hoy me sorprende que ya te pares solito, me maravillo con la forma en que te vamos dejando hacer más cosas: hasta hace poco nos poníamos nerviosos de dejarte sentado solo, porque te caías hacia atrás… hoy, aún te vas de espaldas de vez en cuando, pero ya no tenemos miedo. Espero que así seamos siempre: dejándote crecer, pero siempre con el abrazo dispuesto para cuando lo necesites.

Un beso gordo, mi gordo. ¡Feliz cumpleaño!

Tu papá.


Viernes 8 de Septiembre de 2006

Infinitesimal

  1. Me doy cuenta que la micro recién llegó a la Alameda, y que aún me queda mucho por subir. Tal vez el Metro sea mejor opción.
  2. Reflexiono y concluyo que si realmente quisiera optimizar el tiempo de viaje sería mejor que me fuera sentado en el primer asiento, para ver los posibles tacos más adelante. Por supuesto, no pienso cambiarme.
  3. Miro hacia el primer asiento: una señora.
  4. Se me ocurre que ese asiento puede ser poco seguro: un lanza la tiene fácil.
  5. Recuerdo que de chico mi madre compraba los pasajes de los buses interprovinciales siempre al centro, porque era más seguro en caso de un choque frontal o por detrás.
  6. Recuerdo ahora que hace poco tiempo un bus volcó en la Panamericana Sur, resultando prácticamente partido en dos.
  7. Imagino, como si yo hubiese estado en él, la estructura que penetró a ese bus partiéndolo.
  8. Intento imaginar cómo va acabando al instante con muchas vidas.
  9. Reflexiono acerca de lo frágil de la vida humana.
  10. Me planteo que si no viajásemos a 100 kilómetros por hora tal vez no seríamos tan frágiles.
  11. Generalizo el planteamiento: tal vez todas las cosas modernas nos hacen más vulnerables.
  12. Trato de imaginar la vida de humanos en tiempos primitivos. Primero los cavernícolas, luego los mapuches.
  13. Imagino un terremoto en Santiago.
  14. ¿Cómo será un terremoto en una ruca mapuche?
  15. Pienso que igual los cavernícolas vivían con temor a los dinosaurios.
  16. Creo que esta reflexión acerca de la fragilidad de la vida moderna es muy original y podría escribir sobre ella. En el blog, quizás.
  17. Pienso que en realidad no debe ser tan original. Tal como otras, esta idea ya debe haber sido pensada antes por alguien.
  18. Recuerdo a mi profesora de Castellano del colegio, Rebeca, con su polémica frase: “ninguna idea es original”.
  19. Recuerdo que muchas ideas que he tenido para publicar en el blog no las he concretado.
  20. Me doy cuenta de toda esta cadena de pensamientos.
  21. Pienso que podría escribir todo en el blog. Decido que es mejor escribirlo numerado que como párrafo.
  22. Saco el cuaderno y mi lápiz y me pongo a escribir: “1. Me doy cuenta que la micro… ”

Mientras escribo:

  • Antes del 6: me arrepiento de pensar en la posibilidad del lanza; pésimo síntoma de mi parte.
  • Entre 9 y 10: recuerdo que los dinosaurios no coexistieron con los humanos.
  • Entre 10 y 11: recuerdo a los mapuches contra los españoles y sus enfermedades.
  • Justo en el 18: recuerdo que mi profesora de Castellano se llamaba Rebeca.
  • Justo antes del 20: descarto usar la palabra insight en el siguiente punto.

Jueves 1 de Junio de 2006

Es tiempo

Faltan 136 días. El 14 de octubre iniciaremos juntos una nueva vida. No sabemos qué viene después; enfrentamos el futuro con más dudas que certezas, pero fieles al criterio de calidad por sobre cantidad, contamos con la certeza más importante: la de sabernos compañeros de una aventura que durará el resto de nuestras vidas, y saber que las piedras, si bien nos harán caer, harán del nuestro un camino mucho más pleno. Podemos, pero no queremos, esperar la tan ansiada estabilidad, eufemismo de la vida a costa de los padres cuando ya no corresponde.

Van 93 días. Hoy por hoy, probablemente, me enojo más veces a la semana, discuto con más personas y también me callo más rabias que antes. Lo tomo como algo positivo: es síntoma de que estoy haciendo algo que me importa. Siento que mi quehacer diario es más trascendente que la mayoría de las cosas que hice durante 6 años y medio en la universidad, aunque no reniego de la experiencia y menos de las personas importantes que me han acompañado y hoy lo siguen haciendo. Ahora soy “el profe”, “el tío Puma” (patudos los de segundo medio), o “el Pumarino” para otros, y si bien me enojo más veces al día, también me siento más vivo cada segundo.

37 años sin paro en la Católica, 6 de los cuales estuve en ella, pensando que nunca acabarían, que la universidad sería siempre una ostra feliz con su perla. Hoy mi hermana tiene el honor (postea, carajo) de presenciarlo y de vivirlo con todo lo que ello implica.

16 años con una ley de enseñanza que quedó como la última herencia de nuestros padres políticos, fechada el 8 de marzo de 1990. Dieciséis años de ignorar los problemas y sus manifestaciones, presentando como solución única un eficientismo que parece apoderarse de cada faceta de la vida. Hoy se me regala la oportunidad de ser testigo y actor de una instancia que se proyecta como única: jóvenes de todos los estratos que dejan el ya clásico “no estar ni ahí”, que se olvidan por un rato de Alemania 2006, y son capaces de reconocerse como cuerpo. Cuerpo aún inmaduro, sin duda, pero en ese sentido tan inmaduro como los adultos o casi-adultos que somos sus padres o formadores (la dictadura y sus aliados hicieron bien su pega de transformarnos en meros individuos). Siento por ello la responsabilidad de ayudarlos a crecer y de cuidarlos de los infaltables aprovechadores, motivarlos a que se informen y presionen de manera legítima. Es una revolución con celular en el bolsillo, piercings en la cara y al ritmo del reggeatón (no Nueva Canción Chilena ni Los Prisioneros), pero aún así estoy con ellos.

Y, al contarte que di mi apoyo total a los chiquillos del colegio, la felicidad y las lágrimas-no-declaradas cuando me dices “ten cuidado que no te quiero ir a buscar donde los pacos… pero aún así lo haría orgullosa“. Sólo 136 días para el infinito.


Lunes 19 de Diciembre de 2005

Late, late harvest

Somos famosos por el vino. O al menos eso solemos decir. El vino, en todas sus presentaciones, es un protagonista de nobles tradiciones como el almuerzo dominical familiar o la paliza poslaboral igual de familiar.

Pero detrás de cada gran vino, siempre hay una gran uva (supongo). Por analogía, el Fressco y otras mierdas (como el siempre mal ponderado vino en sobre) deben tener en su origen unas uvas como el orto.

Hace casi 17 años, unas uvas chilenas como el orto (malas de adentro diríamos si fueran personas) llegaron a Filadelfia. Las pillaron rociadas con cianuro a las malditas.

Recuerdo que las autoridades sanitarias de la época (matinales, programas de radio de la hora del planchado… más o menos lo mismo que hoy, sin El Termómetro) recomendaban explorar cada uva que se quisiera consumir en búsqueda de agujeros jeringuísticos. El mandato pronto se extendió a manzanas y otros frutos de nuestra tierra pródiga en huevones (ver gráfico 1).

En el casino de mi colegio en esa época (yo, un tierno pendejo de 7 años) las clásicas señoras eran claras en las instrucciones. Mis amigos se transformaron en antivegetarianos, excepto aquellos que fueron a protestar frente a la embajada de Estados Unidos, misteriosamente desaparecidos.

Creo que este episodio marcó indeleblemente nuestra historia. Desde ahí nos convecimos del peligro inminente en cada rincón de la ciudad, que en todas partes había alguien queriendo hacernos daño, que había que electrificar rejas, cercar barrios, chequearnos en DICOM, hablar de los chilenos como si no todos lo fuésemos (”en este país…”, “¡Chileno poh!”) y transformar al SERNAC en uno de los servicios públicos mejor evaluados. Peor aún, nos olvidamos que cuando pasó lo de las uvas teníamos a un huevón realmente como el orto gobernándonos, asesinándonos y torturándonos, y ya venía otra horda de huevones como el orto a rapiñar la democracia que otros consiguieron.

Creo que, en ese tiempo crítico en que Chile se dio vuelta como un calcetín, mi familia, mis amigos y mi colegio me salvaron de esto, del mamonerismo de ver racimos envenenados colgando por la ciudad. Probablemente los hay, y tal vez un día me toque tragarme una inocente uva, aún chorreando cianuro. Más bien me sabrá a cicuta.


Jueves 6 de Octubre de 2005

Cuncuna amarilla

Muchos años atrás, debe haber sido el 97, cuando cursaba yo el 2do medio, un compañero escribió para la clase de Castellano una especie de obituario metropolitano: la ciudad estaba muerta. La idea central estaba en las micros: añoraba las Pila-Ñuñoa, Tropezones, Pedro de Valdivia-Pudahuel (con lagarto Juancho incluido), las Intercomunales, y la diversidad de colores, en contraste con la uniformidad amarilla y numerada de hoy. Muchos, en ese entonces, descalificamos su nostalgia y su crítica. Las palabras “tropical” y “bananero” probablemente surgieron en esas discusiones, como aún lo hacen cuando nos queremos creer un país moderno.

Vivo en un lugar extraño, ajeno en gran medida a la ciudad (es el karma de la familia; cuando llegamos hace más de 15 años, no había teléfono ni transporte público. Por otra parte, gocé del gas de cañería lustros antes de Metrogas. Las micros que luego se desplazaron por acá tuvieron siempre un aire amateur agradabale: no eran amarillas, sino que tenían un paisaje (horrible, pero da igual) pintado, uno saludaba al chofer y él a uno (yo no me atrevo, pero muchos les dicen “tío”) y se podía pedir pagar después si andaba corto de plata. Hace un par de años las pintaron de verde y blanco, y les chantaron el recorrido ES-3. Hoy micros y choferes están por irse. Llega el Transantiago con sus micros que pasarán cada 15 minutos y, probablemente, lo hagan en las horas prometidas. Temo, por las sensaciones que esto me provoca, que soy intrínsecamente conservador.

Dejo acá un pueril testimonio con el que obtuve mi primer 7 en la clase de Artes en el colegio (ya no era “Artes Plásticas“) en mucho tiempo. Mamón, pero no me importa.


Domingo 25 de Septiembre de 2005

Amazing Wildlife Experience

Llevo 15 años viajando regularmente en metro. Hasta hoy me sigo sorprendiendo con los increíbles seres que encuentro allá abajo, preguntándome si tal vez no son seres humanos, sino otras especies que ya estaban bajo tierra. A continuación hago un recuento de lo que me he topado.

Víbora: reptil, normalmente hembra, este animal pone todas sus energías en enroscar sus extremidades (superiores) en torno a uno de los fierros. Las mordidas y balanceo desconcertante en torno al eje del que se aferra la hace casi imposible de vencer.

Estrella de mar: invertebrado que busca adoptar la posición menos óptima posible al apoyarse en una de las preciadas paredes (sólo superadas por los deliciosos asientos). Extendiendo sus extremidades logra utilizar un 73% más del espacio normal. Un buen remedio para apartarlas es aplicar una patada en la expuesta ingle.

Guepardo senil: felino que alcanza las más altas velocidades en busca de su más preciado manjar: un asiento. En un pique gasta toda la energía de un día, por lo que una vez instalados moverlos es imposible. Son especialmente peligrosas las estampidas en estaciones terminales. Si no consiguen su objetivo, despotrican contra la sociedad y se divierten pisoteando bostas.

Bosta: masa informe que surge espontáneamente en estaciones cercanas a colegios y universidades. Usan cuatro veces la superficie de un ser humano promedio. Estudios de dudoso origen afirman que en realidad están vivas.

Descarado: monstruo sin cara, originado por la fusión facial de lo que en algún momento fueron dos (apasionados) jóvenes. Emite los sonidos más curiosos con la intención de provocar asco o, en algunos casos, envidia. Expertos coinciden en que una camelia los apacigua.

Intelectualón: estoica y pacífica ave. Intenta vanamente incorporar burdo conocimiento tomado de La Hora o del Metro, incluso en medio de las más adversas (y absurdas) circunstancias. Recomiendo estorbarlo a propósito: puede ser un pasatiempo soprendentemente entretenido.

Megustaelfierro: bestia siempre en busca de nuevas sensaciones. Goza apoyando sus habitualmente anchas espaldas en los fierros (tercer implemento en popularidad tras los asientos y las paredes), impidiendo el acceso a ellos o forzando a retirar las manos. En el 92% de los casos, aplicar los nudillos contra su columna basta para derrotarlo. El 8% restante encuentra esto placentero: quite su mano al instante.

Orinador: mítico e impudoroso anfibio que precisa ubicarse bajo tierra para descargar sus necesidades. Este intrépido explorador captó uno a fines de los 90 en una escalera de la estación Universidad de Chile. Se agradecen fotografías.

¿Se me pasó alguno? Recibo sugerencias.

(Tengo cosas que decir en posts más serios, pero no logro escribirlos; ya vendrán.)


Miércoles 3 de Agosto de 2005

Los pumas

Hoy me lanzo sin (muchos) disfraces alegóricos o metafóricos. Hoy no abusaré del lenguaje ni pretenderé escribir versos en prosa. Hoy sólo traigo la carne viva, roja, sensible; la epidermis gastada tras la experiencia, o más bien la vivencia, que ahora paso a relatar.

El sábado 16 pasado, me reuní con un grupo de 7 jóvenes de tercero y cuarto medio. ¿La razón? El día lunes 18 partíamos a la comuna de Padre Hurtado (camino a Melipilla), específicamente al sector de la capilla Sagrada Familia, a las misiones de la CVX conmigo a cargo del grupo. Llevábamos una media hora de reunión y formulo la clásica pregunta (por cuarta vez, probablemente): “¿alguna duda?”. Timídamente -no tanto, en realidad- una chiquilla (sí, uso esta palabra oralmente también) cuyo nombre en ese momento aún no tenía en mente me dice “oye, sabes que en realidad no has dicho nada… no cacho nada de qué vamos a hacer”. Y era la pura verdad: no había dicho nada en media hora y sinceramente no tenía nada claro respecto a qué iba a hacer en estas misiones. Me subí al tren de esta cuestión un tanto a la rápida y sin pensarlo, sobre todo considerando la tonelada de dudas que me invadían, no en materia de fe, pero sí en el ámbito doctrinario-eclesial. El pasar una semana entera sin poder ver a la Gaby (que fue a cargo de otro grupo) era también un punto de roce fuerte.

Partimos finalemente el lunes en la mañana. El grupo quedó definitivamente conformado por 13 más el ornitocrático asesor… aquí, sentado frente con el teclado bajo mis dedos me doy cuenta de lo cuesta arriba que se torna esta tarea de intentar contar qué sucedió allá. A mí me tocó más que nada acompañar a mi grupo, intentar guiar cuando fuera necesario, ayudarlos a darle cierta continuidad al trabajo que ahí estábamos realizando. En resumen, se entregaron por entero. En las visitas a las casas se involucraron en las vidas de las personas sin ahorrarse. Por medio de los talleres con los jóvenes y la conversación cotidiana pudieron empujar su iniciativa un tanto dormida para formalizar un grupo que transformase esto en algo más que un lindo recuerdo. Supieron manifestar y enfrentar los temores a ponerse un atuendo blanco (alba, que le dicen) para presidir una liturgia o a pararse adelante en medio de ésta a predicar. Vi durante una semana una iglesia que realmente tiene sentido, siendo parte de una comunidad, movilizando, dialogando; no excluyendo, teologizando de sobra o excomulgando.

En lo personal, he comprendido al fin que la iglesia no está ahí para sentirme más a gusto o como respuesta a mis cuestionamientos intelectuales (que sin duda los seguiré teniendo): el mayor valor está en formar comunidad, en reconocer el absurdo de un camino “independiente”. Quiero depender: depender de la Gaby, depender de mis amigos, saber que entregarse tiene dos partes: primero, que no puedo entregarme más que a mí mismo -ser genuino- y segundo, que la entrega es a otro, nunca individual, no quiero una iglesia privada. Enfrenté una vez más mis temores: a ser muy viejo para el grupo, a que las dudas doctrinarias fueran obstáculo para dialogar, a haberme transformado en un ser insensible.

Carla, Pía, Cata, Cami, Vale, Pati, Miguel, Carlos, Juan Pablo, Juan Pablo, JuanMa, Emilio y Feña (los pumas): gracias por hacerme redescubrir la vida cevequiana, por demostrarme que nunca se aprende lo suficiente y que la experiencia sin vivencia es sólo una vieja quejosa, por confirmarme en mi vocación de profesor, por aprovechar la libertad que pretendí entregarles para que esta misión fuera auténticamente de ustedes, con todo lo que son; gracias sobre todo por no haber guardado para ustedes la increíble relación que formaron (diría que casi en tiempo récord): por el contrario, aprovecharon a fondo su dinámica de equipo para darse por entero a la comunidad de Sagrada Familia. Tal como ellos fueron el centro para ustedes, ustedes lo fueron para mí. Hoy les toca a ustedes descubrir todo lo que tienen aún por entregar; yo los acompañaré todo lo que pueda.

Este post ha sido un caos, pero es tan sólo el reflejo de un muy feliz desorden que estoy viviendo con mucho agradecimiento.


Martes 28 de Junio de 2005

Zoocracio

Lucas, Francisco, Pascual, Canito, la perra, Julia, Willy, Rapidita, Lentita, Josemaría, Almuerzo. Un pato, cuatro perros (dos pequineses, un poodle y una quiltro), una gata, un canario, dos tortugas y dos conejos.

A Francisco sólo lo tengo dentro de aquella fracción de mi memoria que se confunde con las fotos de la paleohistoria familiar. A Lucas lo recuerdo un poco más, pero ni siquiera podría decir si hubo sólo uno o fueron varios. Los demás son marcas nítidas en mis años de infancia, adolescencia y mi actual juventud. Pascual murió a raíz de severos golpes propinados por algún enajenado, cuando ya vivía una adultez marcada por la idiotez. La perra vivió un tiempo con nosotros y más tarde partió; no recuerdo si le pusimos nombre. Rapidita fue mi tortuga infantil, perdida entre las plantas, tal como Lentita, la tortuga de mi hermana Alcachofa. Josemaría volvió con mi hermana Carolina de unos trabajos de verano y duró muy poco en este ambiente alienado (sólo yo lo llamaba así). Almuerzo murió hace unos meses, tras una vida ingrata y bastante ignorada en la esquina del patio. Canito, la Julia y Willy (el único habitante de la sobrepoblada pajarera que puedo reconocer) aún viven.

Los animales y yo llevamos una vida secreta. Nada escabroso, por favor. El secreto es el cariño que yo siento por ellos y que jamás revelo (ni siquiera a mí mismo), más que en su muerte. Suelo esconder el cariño bajo el peso de un centenar de argumentos científicos, religiosos y morales; no me gusta reconocer que una bestia peluda (o emplumada, o con concha) merezca mi afecto. A veces los veo como personas, recuerdo sus historias, como la juventud de Canito en que salía a jugar bajo la lluvia, el drama de Willy rechazado por las féminas o aceptado sólo para ser su esclavo, o la primera noche de la Julia en que creo haberle salvado la vida que su propia caja de cartón amenazaba con robarle cercenándole el pescuezo.

El viernes se agregó uno a la lista. Llegaba yo a las 10 de la noche a mi hogar y veo un ser sentado en la mitad de la calle, frente a la casa de mi vecino. Pienso ‘¡Oh, un gato!’. Me acerco y la realidad me desengaña ‘¿Qué clase de ratón es ése?’. Lo miro detenidamente y él me gruñe, asustado. Tras observarlo incrédulo, corro a mi casa, tomo mi cámara y llamo a mi hermana para descartar un trastorno siquiátrico (en mí, no en el ratón). Mi madre, sabia, lanza antes de irnos: ‘¡Es un coipo!’.

Les presento al coipo Juanito (Juanito se llama todo lo que se me acerque sin haber sido antes nombrado). No pude hacer mucho más por él que tomarle la foto (gran favor). Dudo que haya podido regresar a su hábitat en el río Mapocho; se veía desorientado y por cierto se encontraba bastante lejos. En fin… me quedó algo dando vueltas tras nuestro breve encuentro y decidí homenajear a todos los animales de mi vida con este post. Ahí tienen.


Miércoles 22 de Junio de 2005

La sonrisa ancha


Yo te hacía una señora triste, cabizbaja; una señora con una mirada alternativamente melancólica y nostálgica, siempre nublada por tu Manuel. Ancohe, en medio del desvelo autoprovocado, lo escuché todo como si fuera la primera vez: tu sonrisa ancha repleta de ese amor cotidiano, dispuesta tanto a la carcajada como a la ternura; los cinco minutos vueltos eternidad en la primavera de tu regreso; tú transfigurada en Sol empapado por la lluvia.

Sabía de ti desde hace años, en esa tragedia, en ese amor -porque no hay tragedia sin amor- cantada por Víctor. Desde hoy sí te recuerdo, Amanda.